domingo, 11 de diciembre de 2016

Las Mascotas de José


Ni su mujer, ni sus hijos, sabían porque a José le gustaban tanto esos animales peludos, desalineados y desobedientes. Nadie entendía muy bien como fue, que poco a poco su casa termino poblada de tantos felinos. En el patio, en la terraza, en la cocina, en las habitaciones. Donde quiera que uno se dirigiese, dentro de ese hogar, era inevitable no encontrarse con la corrida veloz de algún gato que huía de la compañía humana.  Ya habían perdido la cuenta de cuantos eran.
Solo José sabía que no era amor por los gatos. De alguna manera, con ellos se sentía protegido. Alguna vez había escuchado que los gatos tenían una habilidad particular, un don especial. Ellos podían ver y sentir cosas que los sentidos humanos no percibían. José necesitaba  creer que no se había vuelto loco, que alguien entendía lo que le estaba pasando, que entendía lo que estaba viviendo. Sus gatos lo ayudaban a mantener la cordura.
Una madrugada, él estaba intentando mantenerse despierto para poder entregar un trabajo pactado para la mañana siguiente. Los ojos se le cerraban, el cuerpo le pesaba y no le respondía como debía. Y aunque eran pasadas las dos de la noche, decidió ir hacia la cocina a hacerse un café. La noche calurosa estaba realmente hermosa para hacer cualquier otra cosa menos trabajar.
Arrastrando sus pies descalzos, intentando hacer el menor ruido posible ya que su esposa y sus hijos estaban dormidos, José se dirigió a la cocina, a calentar un poco de agua para preparar el elixir necesario para continuar con su labor.
Allí, se encontró con Musta una hermosa gata tricolor que siempre seguía sus pasos. Solo que esta vez el cansancio le gano a su guardia. Mientras aguardaba a que el agua se caliente, un silencio por demás incomodo se había hecho presente. La cocina se encontraba casi totalmente a oscuras, apenas iluminada por los destellos de luna que se colaban por la ventana. Lo único que podía escuchar José era el rítmico sonido de latir de su corazón, cada vez más agitado.
De repente Musta, la gata que dormía sobre la mesada de la cocina, se despierta de golpe, como si sus sentidos se activaran automáticamente frente al peligro. La temperatura de la habitación había bajado drástica y súbitamente. Los bellos del cuello de José se erizaron completamente y un escalofrío recorrió la longitud de su espalda. La felina se puso a la defensiva, comenzó su danza de maullidos y gruñidos. José no se atrevió a dar la vuelta para ver que había causado el disgusto de su compañera. No estaba preparado aún para ver lo que ella veía.
 Él simplemente se limito a servir el agua caliente en la taza y colocar el saquito de café instantáneo. Sin darse vuelta, con la taza en la mano y los ojos cerrados, siguió sus pasos y salió de la habitación dejando atrás la pelea inter dimensional de Musta. Se volvió a sentar en su taller para continuar con su trabajo, mientras otra gata se acomodaba en su regazo. Continúo trabajando con un esbozo de sonrisa en los labios, sabiendo que sus gatos lo ayudaban a mantener la cordura.  

domingo, 20 de noviembre de 2016

Te necesito


Te necesito cuando respiro y no te tengo, y mi amor no puede acariciarte
Te necesito cuando lloro y no te tengo, y no te enteras que lloro porque te extraño
Te necesito cuando te pienso y no te tengo, y me tengo que conformar solo con tus recuerdos
Te necesito cuando te llamo a gritos, y no contestas, y no te tengo para calmar mi desesperación
Te necesito cuando estoy triste y no te tengo, y pienso que podría ser peor, podría no haberte tenido nunca!
Te necesito cuando temo y no te tengo, y tengo miedo de perderte otra vez y no recuperarte jamás
Te necesito cuando río y no te tengo, porque en momentos no estas y no puedo compartirte mi alegría
Habré tus ojos, por que te necesito para vivir... te necesito siempre junto a mi

Habré tus ojos, por que cuando no estas te extraño y necesito tenerte a mi lado para siempre.

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viernes, 18 de noviembre de 2016

Medio Corazón


En el inicio de los tiempos, las personas estaban completas y en armonía. Tenían dos cabezas, cuatro pies, y solo un corazón. Ellas vivían muy contentas, llenas de felicidad. Tenían una vida perfecta.
Los Dioses envidiaban esa perfección. Por eso decidieron acabar con sus dichas y las partieron a la mitad, dejándolas con una cabeza, dos pies y medio corazón. Eso no fue todo. Además separaron a cada uno de su otra mitad.
Desde entonces, las personas pasan sus días buscando su otra mitad, la otra parte de sus corazones. Pero solo la encuentra aquel que allá el verdadero amor, esa persona que a pesar del tiempo y la distancia logra complementarte a la perfección.







miércoles, 16 de noviembre de 2016

Debajo de la cama

Muchas veces, escucho historias de experiencias paranormales, por así decirlo; apariciones de fantasmas, premoniciones o corazonadas que luego ocurrieron, hasta sucesos realmente escalofriantes.  Entonces he aquí uno de los momentos donde el miedo invadió cada centímetro de mi cuerpo.
Me encontraba en mi habitación, como tantas noches, prendida al monitor de mi computadora, deleitándome con alguna serie o película de terror. Estaba acompañada por mis inseparables cómplices Titán y Dama, mis dos perros mestizos que cada noche duermen conmigo.
Cuando el sueño le gano a la trama, me dispuse a descansar; entonces apagué la computadora, la dejé en el escritorio y me acosté. No apague la luz, ya que siempre duermo con el velador encendido.
Mis ojos estaban ya muy cansados por el largo día laboral, pero en mi cabeza algunas ideas seguían dando vueltas y no me dejaban conciliar el sueño. No sé en qué momento de la noche logré hacerlo. Pero a mitad de la noche, me desperté todavía en penumbras sobresaltada.
Titán, mi perro, se había despertado y había comenzado a gruñir. Esto me extraño, ya que no es una actitud muy recurrente en él, no suele despertarse en medio de la noche. Su gruñido era muy leve, suave, como si estuviera asustado, susurrando algo. Lo regañe para que regresara a dormir, y así lo hizo.
Al cabo de unos minutos, el perro volvió a la carga. Se reclino sobre el borde de mi cama y comenzó a gruñir con más fuerza, mostraba sus blancos y relucientes colmillos  de can joven. Su actitud me estaba comenzando a incomodar, ya que reitero él no suele comportarse de esa forma. Por lo que intente prestarle atención a lo que estaba molestándolo. Quizás estaría escuchando algo que ni oído humano no percibía.
Mi otra perra Dama continuaba en mi regazo totalmente dormida, casi inconsciente, lo que también me llamó la atención. La sacudí para despertarla, así podría acompañar a su compañero canino. Tras algunos minutos logré hacerlo, mientras que el pequeño Titán continuaba rugiéndole cada vez más desesperado a la nada que había debajo de mi cama.
¿O no era a la nada? ¿Y si él podía percibir algo? ¿Y si Titán con sus agudos sentidos de can podía identificar algún ente maligno que se hallaba escondido debajo de mi cama? ¿Y si había reconocido el fétido olor imperceptible de algún monstruo?
Mi corazón comenzó a acelerarse. En mi mente desfilaban escalofriantes imágenes de lo que podría haber debajo de la cama. Eso me estaba causando un miedo visceral. Me habían dado increíbles ganas de ir al baño. Pero obviamente no me iba a levantar, tener que salir de la cama, y arriesgarme a descubrir aquello que estaba alterando a mi amigo Titán, era una posibilidad descartada.
Lo llamé a mi regazo para que pueda tranquilizarse pero en un arrebato de ira saltó de la cama y se metio debajo. El silencio era tal que podía escuchar los acelerados latidos de mi corazón. 
-          Titán ¡Subí por favor! ¡Volvé a la cama conmigo!- Pero ya no escuchaba ni su respiración.
Con Dama mi lado, agudizando el odio, el miedo me estaba ganado. Mi corazón se aceleraba, un sudor helado comenzaba a recorrer el centro de mi espalda. Entonces, agarré a Dama y la puse en el piso para que busque ella  a su compañero. Pero en un arrebato de miedo, tan grande como el mío, subió de un solo salto y sin vacilar nuevamente a la cama. Se escondió debajo del edredón y comenzó a gruñir desde allí.  Los minutos transcurrían, Titán no aparecía, Dama no quería ir a buscarlo y yo tampoco.
Al cabo de lo a mi me pareció una eternidad ese perro loco por fin salió de su escondite, y saltó a mis brazos. Estaba sano y salvo. Jadeaba como loco, pero estaba bien. Sin rastros de ningún daño aparente.
Me quedé observando el piso de mi habitación desde arriba de mi cama, junto con mis dos compañeros. Ni el leve sonido del aleteo de una mosca podía escucharse. Me dio miedo esa sensación de tranquilidad abrazadora que antecede a una catástrofe. Mis sentidos agudizados por el miedo intentaban descifrar que era lo que estaba sucediendo, pero no lo conseguía.
Pasados algunos minutos, decidí que ya era demasiado de hacerme la cabeza con cosas que no estaban sucediendo. Por lo que nos incite a que nos volviéramos a dormir los tres. Entonces, me volví a acostar. Titán y Dama lo hicieron también un poco fastidiados. 
De repente en la tranquilidad de la noche, Titán vuelve a la carga y comienza a ladrar contra el piso con todas sus fuerzas. Entendí que si no me fijaba que era lo había allí que afectaba tanto a mi perro no iba a poder dormir en toda la noche, por no pensar alguna situación peor.
Respiré profundo dos veces, como inflando mis pulmones de valentía para poder develar que era lo que se escondía entre las sombras. Un poco dormida todavía no entendía si todo aquello estaba pasando realmente o era parte de una terrible e interminable pesadilla. Los ladridos de ese perro retumbaban en mi cerebro una y otra vez.
-          ¡Basta Titán! ¡Por Favor, cállate!! –le grite con todas mis fuerzas a mi amigo camino. Ya me estaba comenzando a ganar el miedo y la desesperación.
El perro se había metido debajo del edredón otra vez, y comenzaba su danza de ladridos desde allí debajo. No podía escuchar nada más que sus ladridos en esas condiciones. Por lo que no me quedaba más remedio que fijarme que había allí. Cada segundo se hacía más largo que el anterior. La eternidad se había condensado en esos instantes de inimaginable miedo. Algo había debajo de la cama, algo horrible seguramente.
Finalmente la determinación y el cansancio le ganaron al miedo. Me decidí a revisar que había allí. Cuando estaba por bajar de la cama, y poner mi primer pie en el suelo, justo en ese microsegundo una asquerosa, gigante y negra cucaracha casi roza mi pie. Eso. Una cucaracha.
Titán saltó de la cama cual cazador sobre su presa, y mató de un mordisco a la aquella asquerosidad que no lo dejaba dormir. Luego de hacer lo propio, subió nuevamente a la cama, y como si aquí no hubiera pasado nada se acomodo para dormir.




martes, 23 de agosto de 2016

El regalo de Mamá.

La historia del Melinda puede que sea parecida a la de cualquier otra joven humilde de Buenos Aires que vive en situación de pobreza. Pero te aseguro que no lo es.
Ella tiene trece años y tres hermanos chiquitos. Todos los días, les prepara el almuerzo con lo poco que su mamá le deja para cocinar, e improvisa alguna sopa, o arroz con verduras. Luego los lleva a la escuela, donde con suerte pueden almorzar otra vez algo un poco más sustancioso. No tienen ningún privilegio pero con dignidad sobreviven cada día. A su papá no lo conoció, y el padre de sus hermanos desapareció de sus vidas hace bastante tiempo. Hilda, su mamá, trabaja de sol a sombra. A la mañana, a veces limpia casas de señoras que se creen pudientes, y por la tarde noche, se rebusca juntando cartón en una cooperativa del barrio. Ella no quiere llevarlos a Melinda y a los nenes a trabajar, pero a fin de mes un par de manos extra aseguran un tocho donde descansar cada día. Sus vidas no son de lo mejor pero son concientes que muchos la están pasando peor.
El cumpleaños de su mamá estaba pronto a llegar, 35 años. Hilda nunca se daba el lujo de festejar su cumpleaños, ni de hacer nada especial. A lo sumo prendía una velita y el deseo de poder darles un plato de comida todos los días a sus hijos se repetía año tras año. Melinda sabia el esfuerzo que su madre hacía por ellos todos los días, por eso pensó que ese año podría hacer algo especial para ella. Compraría alitas de pollo con sus ahorros, le haría una rica comida para cuando llegará de cartonear.
Tres días antes de la fecha señalada, Melinda dejó a sus hermanos en el colegio, pero ella no hizo lo mismo, esa tarde faltó. Recorrió las calles de Palermo e hizo algo que a la luz de la luna estaba acostumbrada a hacer, revisar los contenedores de basura para encontrar algún tesoro desechado por alguien más. Al principio le dio mucha vergüenza hacer eso a plena luz del día, ante los ojos inquisidores de muchas personas. Pero no lo podía hacer en otro momento, más tarde debía cuidar a sus hermanos, mientras Hilda trabajaba.
En eso estaba por la calle Gorriti, cuando detrás de un contenedor negro aparece como salida de la nada una señora entrada en años. Arrastraba unas cajas desde la puerta de una casa hacia el costado del contenedor. El susto la tomó por sorpresa. La buena mujer le regalo una sonrisa, y volvió corriendo a la puerta de donde había salido.
La niña tardó unos minutos en decidirse si abrir esa caja o no. Quizás allí podría estar el regalo ideal para su madre. La ansiedad no la dejó pensar, y permitió que sus pequeñas y sucias manos tomasen la iniciativa. Cuando abrió por fin la caja, sus ojos no salían del asombro.
Lo que sus ojos encontraron fue una olla vieja, que parecía ser de hierro o algún metal pesado. La sacó y notó que era bastante pesada. Quizás sería un objeto valioso que más tarde su mamá podría vender. Se detuvo a observarla, y le causo cierta gracia lo parecida que era esa olla a los calderos mágicos de las brujas de los cuentos. Decidió guardarlo nuevamente en la caja y llevarse todo completo.
Llegó a su casilla cuando todavía debería de estar en el colegio, pero sabía que su mamá a esa hora estaría trabajando. Así que sacó la olla, la lavó bien, la secó y la volvió a guardar. Escondió el regalo lo mejor que pudo, esperando ansiosa el momento en que su madre viera la sorpresa.
El día del cumpleaños de Hilda llegó. Su hija le insistió en que no salga a trabajar esa noche para que pudieran cenar todos juntos. Por eso cuando los chicos regresaron del colegio, Melinda hizo que su mamá soplara las velitas en un bizcochuelo que ella misma había preparado. Y los hermanos le dieron el regalo.
Su mamá se puso muy contenta, sonreía como hacía mucho tiempo no lo hacía. Ver como sus hijos crecían tan unidos pese a que les faltaban tantas cosas le daba las fuerzas para afrontar la vida todos los días.
Entre todos prepararon esa cena. Los chicos pelaron las papas y las zanahorias, Melinda ayudó a limpiar el pollo, y la cumpleañera cortó los vegetales para preparar ese guiso en el que estrenarían la nueva olla. Todo era risas y carcajadas en la cocina. Esa cena fue la mejor en mucho tiempo, no solo porque fue hecha con amor sino que los pedazos de alitas de pollo que echaron a cocinar se trasformaron en pedazos sabrosos de patas regordetas de pollo. Todo lo que habían echado a cocinar allí se habría multiplicado. Comieron hasta que les dolió la panza. Parecía que ese guisado era infinito, que no se terminaba. Así se cumplió el eterno deseo de cumpleaños de Hilda: poder darles de comer todos los días a sus hijos. En esa casa nunca volvió a faltar el pan.

sábado, 20 de agosto de 2016

El último día


Aquella fue una tarde como tantas otras. En esa concurrida esquina, donde todos los atardeceres eran iguales, y los días sin momentos especiales, sin instantes mágicos. Una monótona ciudad.
Fue allí mismo, en esa esquina donde ellos, dos casi desconocidos, se encontraron por primera vez y sellaron su amor en un primer y último beso. Se escapaban del aburrimiento y la mediocridad de una vida común y sin lujos amorosos. Ellos, casi fugándose de la realidad del día a día, después de tanto sacrificio por fin se encontraron.
En ese lugar donde todos los días corría el mismo aire, donde ni la brisa del viento cambiaba, donde muy rara vez la tierra tenia olor a lluvia. Allí donde cada día era igual al anterior, ellos se animaron a hacer algo diferente.
Sentados, agarrados de la mano en una mesita de un bar que daba a la calle, ellos se animaron a soñar. Y justo esa tarde, tan igual pero a la vez tan diferente, soñaron que sus vidas por fin cambiarían. A partir de ese día sus vidas tendrían un sentido especial. Esa fuerza y ese valor que te impulsa el despertar de un nuevo amor. Ellos soñaron con que cada momento sería especial, llenos de magia. Sus días ya no serían iguales ni aburridos. El amor lo puede cambiar todo, lo puede transformar todo. Sus vidas comenzarían a partir de esa tarde, tan parecida y tan diferente al resto.
Pero fue justamente en esa misma esquina, esa  misma tarde, alguien decidió que no sería así. Alguien, no se sabe bien quien, decidió que en esa esquina nadie más soñaría. Decidió, sin preguntarle a nadie, que ese sería el último día. Alguien que por llamar la atención de algunos políticos dormidos quiso que todos los que se encontraban en esa esquina, aquella tarde tuvieran que pagar un precio que no era justo. El precio de un final que les llego anticipado, sin previo aviso.

Todo el lugar se detuvo en un ensordecedor y eterno silencio, como si el momento previo a la explosión se hubiese detenido en un interminable suspiro. Congelando para siempre el momento en que una pareja sellaba con un beso su amor eterno. El mundo ya no tenía más propósito para ellos, ningún sentimiento volvería a ser sentido. Todos en esa esquina respiran por última vez. Para ellos todo terminaba. 

sábado, 13 de agosto de 2016

Sin sus besos de amor

Ella no sabía  que hacer para que él volviera a valorla como antes.
Él no se daba por enterado de todo el daño que su indiferencia le hacía a la mujer que tiempo atrás supo conquistar su corazón .
Ella lloraba noches entras por él,  solo con la luna como testigo. 
Él sin pensarlo demasiado,  una noche díjo sin aviso: Adiós.
Ella no supo que hacer con todo el amor que todavía sentía .
Él intentó vivir su vida al máximo, pero sentía que algo le faltaba.
Él la necesitaba. Nunca la encontró. Cuando quizo buscarla, ella ya había muerto de amor.

jueves, 23 de junio de 2016

La noche Oscura de Agnes

Desde el inicio de la historia de la humanidad una lucha silenciosa se ha llevado a cabo entre bambalinas. El bien contra el mal. Lucifer contra Dios. La batalla por el dominio de las almas de los mortales parece no tener final mientras existan hombres sobre la tierra. Son las almas de aquellos santos y justos las que mejor cotizan para el Príncipe de las Tinieblas; mientras que las de los injustos y pecadores lo son para el Señor de la Luz.
Esta historia es sobre un importante episodio de esta guerra celestial. Se trata de una mujer en extremo bondadosa, cuya vida rozó la santidad en cada acto. Una monja que fue tentada por el Maligno infinita cantidad de veces a lo largo de su vida, para hacer flaquear su alma. Agnes vivió una vida dedicada al servicio de los más pobres entre los pobres, despojándose de todo egoísmo humano, para ponerse en el lugar de los más necesitados y marginados de la sociedad en uno de los países más pobres de la actualidad. Su labor fue incansable, hasta que las fuerzas de su cuerpo se lo permitieron.
La santidad de su vida era codiciada por el Príncipe de las Tinieblas, que ansiaba que abandone la bondad de su fe, y la entrega desmedida. A los largo de toda su vida, Agnes sufrió las tentaciones del Maligno. La falta de fe en los momentos de dificultad la hacían flaquear, pero la oración, el ayuno y un rosario siempre en la mano eran las armas que ella utilizaba en su batalla interna.
En el ocaso de sus días, luego de más de ocho décadas de caminar sobre esta tierra, Agnes sufría de graves problemas de salud, respiratorios y del corazón, por lo que tuvo que ser internada en uno de los mejores hospitales de Calcuta. Y es en ese momento de su vida donde transcurre esta historia.

Ella sentía que su Dios todopoderoso la había abandonado, las deudas de la congregación se acumulaban, las manos generosas que siempre la ayudaban se estaban apartando. Su propio cuerpo ya no tenía las fuerzas necesarias para batallar contra el hambre del mundo. Se encontraba internada, en terapia intensiva y su fe también estaba debilitándose. Sus constantes oraciones parecían no tener respuesta. Su vida transitaba una noche oscura. Ya no sentía la presencia de Dios en su vida, ni en la eucaristía.
Mientras Agnes estaba internada en el hospital, padecía de noches de insomnio sin ningún tipo de explicación médica. Una de estas noches comenzó a orar:
-¿Dónde está mi fe? Incluso en lo más profundo... no hay nada, excepto vacío y oscuridad. Si hay un Dios, por favor, perdóname. Y ayudame- Su dulce y cansada voz resonó en la habitación del hospital.
-No hay fe querida Agnes porque no hay Dios al cual elevarle ese sentimiento. le respondió una lúgubre voz de hombre, que la pobre anciana no pudo identificar de donde provenía.
-¿Quién eres?- susurró ella sin disimular el temor en su voz.
- Alguien que quiere ayudarte Agnes. Alguien que quiere abrir tus ojos para que veas la luz. – De entre las sombras pudo apenas divisar la silueta de un hombre que lentamente se acercó a su cama. Ella cerró los ojos llena de miedo, sintió como el hombre se reclinaba sobre su cama y le besó los labios. Luego de eso, la voz no volvió a oírse. Pero los tormentos de Agnes no pararon.
La anciana comentó lo ocurrido con su confesor el Padre Henry quién le sugirió que quizás su alma estaría siendo tentada por el Maligno. Su cuerpo y su espíritu perdían poco a poco sus fuerzas, por lo que ella le pidió consejo al sacerdote.
-Llamaré al Padre Scorza, el rezará contigo mañana. – le dijo su confesor.
-Gracias Padre, Jesús tiene un fuerte amor por ti. ¿Pero por mí? Los silencios son demasiado. Miro y no veo. Escucho y no oigo. Te pido que reces por mí. Ruégale que me eche una mano.
Los días que siguieron la salud de Agnes continuó empeorando. Su vida se apagaba poco a poco, junto con su fe. Una semana después de la conversación con el Padre Henry la anciana entro en coma por una deficiencia cardíaca de la cual parecía que no se recuperaría. Esa noche llegó de Venecia el esperado Padre Scorza quién inmediatamente fue a ver a la santa mujer y se dispuso a rezar por su alma.
No fue una tarea sencilla para el sacerdote veneciano. El alma de Agnes estaba cayendo en las despiadadas manos del Maligno, quien astuta mente la había tentado al abandono de fe en su lecho de muerte.
Scorza y el Padre Henry rezaron fervientemente por la mujer agonizante. Pero su cuerpo ya no daba batalla. Quisieron administrarle la santa eucaristía para que pueda finalmente morir en paz, pero la mujer cobró fuerza que aparentemente no tenia y la escupió al otro lado de la habitación. Una voz ronca y casi masculina salió de su cuerpo moribundo:
-No me arrebataran el alma de esta mujer. ¡Ya es mía! ¡Me pertenece! Ya ha renegado de su fe, su Dios la ha abandonado.
Ante la atónita mirada de los hombres de fe y de dos enfermeros que monitoreaban sus signos vitales, la mujer comenzó a convulsionar y contorsionar su ya debilitado cuerpo. Lanzaba improperios hacia Dios y hacia los hombres que intentaban ayudarla.
Esta vez con mucha más convicción en las oraciones, el Padre Scorza comenzó a recitar los versos del ritual romano para la expulsión de malos espíritus: el exorcismo. Mientras  que el confesor rociaba el cuerpo de Agnes recitando en voz alta las plegarias del Ave María.

La batalla espiritual por el alma de Agnes no duró más que media hora. Al cabo de ese tiempo, la agonizante mujer pudo dormir en paz. Una semana después de los hechos antes narrados: el 5 de septiembre de 1997, Agnes falleció en la misma capa del hospital donde había luchado contra las garras del Maligno. 

lunes, 20 de junio de 2016

No pierdas la fe.

 - ¡Nunca! Jámas! – espeta la joven. La voz ronca, raposa, llena de odio que sale de su interior, podría dejar la sangre helada a cualquiera.
La madre intenta no salir corriendo, sostiene con fuerza en sus manos temblorosas un rosario traído del vaticano. No deja de rezar, pide que la Virgen María vuelva a hacerse presente. No pierde las esperanzas, pero sobre todo no doblega su fe.  Sabe que todavía hay posibilidades de liberar a su hija de las garras de esa bestia, o seas bestias, todavía no lo saben con exactitud cuántos y quiénes son.
Dos sacerdotes, el padre y el hermano de la jovencita completan la escalofriante escena. No se van a dar por vencidos.
-¡NOOOOOOOO! ¡NO TE LO DIRE!! – vuelve a gritar la niña, mientras comienza a intimidarlos con una perturbadora risa totalmente tétrica. - ¡Necesitarán alguien con más autoridad para que abra mi boca! ¡Ilusos! Ni el estúpido lacayo de San Miguel ha escuchado aún sus suplicas. ¡ILUSOOOOS! ¡Falta mucho para que nos marchemos!!

El Sacerdote Esteban sabe que hoy ha ganado esta batalla. Es consciente que debe estar totalmente atento y alerta a cada palabra que salga de la boca de la Clarita. Poco a poco irán dando con las pistas concretas. Es hora de ponerse a trabajar, porque este exorcismo es para lo que se preparo toda su vida, una batalla espiritual sin precedentes. Cara a cara con el mal, y la vida de esa niña está en peligro.


QUERES SABER COMO CONTINUA ESTA HISTORIA?? DEJA TU COMENTARIO Y COMPARTÍ ESTA ENTRADA.... Que pasará con el Padre Esteban? y con la pobre Clarita ??? 



domingo, 19 de junio de 2016

El espejo

Luego de dos días de trasladar muebles y cajas por fin me declare oficialmente “la nueva inquilina”. Era un mono ambiente reciclado en un tercer piso, de un viejo edificio sin ascensor, en el bullicioso barrio de Once en la Ciudad de Buenos Aires.
Los últimos días habían sido un total caos. Tener que subir por las escaleras toda esa cantidad de muebles, cajas y bolsas, había sido una tarea sumamente estresante. Mi hermano mayor me ayudó en semejante evento. Que la hermanita menor vuele del nido era una situación un tanto traumante para él y para mi mamá. Pero en algún momento debía suceder.
Cuando por fin todo estaba dentro del departamento, comenzaba la tarea de acomodar y disfrutar del confort de mi hogar.
Luego de cenar unas empanadas compradas en una pizzería cerca de Plaza Miserere me dispuse a dormir, por primera vez, en mi nuevo refugio. Debo admitir que entre la ansiedad y la falta de costumbre me costó bastante dormir. Los ruidos extraños, los nuevos olores, no me dejaban tranquila.

Cuando desperté, muy temprano por la mañana, tenía un increíble dolor de cabeza. Sentía que no había descansado absolutamente nada. Pero no podía darme el lujo de quedarme en la cama, el día era largo y tenía muchas cosas por hacer. Desayuné una humeante taza de café y unas tostadas improvisadas en la hornalla. Era difícil encontrar las cosas que necesitaba en ese caos en miniatura. “Amigate con el caos” me decía a mí misma.
Comencé a acomodar algunas cajas ya vacías y una pila de libros. Pero hubo un momento en la organización del desastre que no lo puedo olvidar. Encontré un pequeño espejo apoyado en una esquina de la cocina. Era pequeño, debía tener el tamaño de un cuaderno escolar. No recordaba haber traído conmigo ese singular objeto. Por el marco metálico que tenía me daba a entender que era muy antiguo y, a la vez, muy pesado para su insignificante magnitud. No le di mucha importancia al hecho, quizás fue algún regalo que mi hermano me trajo y se olvidó de mencionar o sería del antiguo inquilino que habría extraviado en su mudanza. 
Los días siguientes pasaron entre la organización de los libros, el acomodar muebles, los llamados de mamá, y  yo intentando habituarme a mi nuevo hogar. El caos, por suerte, iba disminuyendo, no se veía tan desorganizado el departamento, cada cosa comenzaba a encontrar su lugar. Aquel espejo que en los primeros días había encontrado entre las cajas, también tuvo su lugar como los libros y los muebles. Ahora colgaba en la pared, por encima de una mesita que cumple la función ideal de ser mi escritorio. Todo parecía normalizarse… Parecía. 

Un viernes en la noche, después de una larga jornada laboral fui con mis compañeras de trabajo a cenar. Creo que tome más cervezas de las mi cuerpo podía tolerar. Cuando entre, prendí solo el velador de la mesita de mi espejo, porque la luz hacía que se me partiera la cabeza. Cuando me incorporo casi de un sobresalto y mi rostro queda reflejado en ese espejo, sentí como si mi corazón se detuviera en un instante. Mi imagen que el espejo devolvía  me estaba sonriendo, pero no era mi sonrisa. Era horrible, escalofriante y totalmente tenebrosa. Mis ojos se veían diferentes, totalmente negros, llenos de odio y de ira. Era mi rostro, pero yo no era el reflejo del aquel espejo. 
Me asuste tanto que mis gritos quedaron ahogados en mi garganta. Tape el espejo con la remera que tenía puesta. Intente dormirme, pero mi corazón hacia demasiado ruido en mi pecho, el pánico se apoderaba de mí. Hasta podía escuchar el aire helado entrado y saliendo de mis pulmones. Estaba aterrada, tapada como un niño por temor a la oscuridad.


No sé cuánto tiempo tarde en dormirme esa noche, pero finalmente lo hice. Me desperté totalmente sobresaltada cuando la noche todavía reinaba en la ciudad. El ruido a golpes en el vidrio me saco totalmente del sueño, creí que venían de la ventana. Me incorpore en la cama, y el pánico se apodero de mi cuerpo. El ruido, esos golpes estruendosos provenían del espejo tapado con mi remera. 

sábado, 18 de junio de 2016

Tras sus Sueños

El sol apenas comenzaba a asomarse cuando sonó el despertador de Andrea. Esa mañana se levantó como una mujer renovada, hacía mucho tiempo que no se sentía así de viva. Desayunó rápidamente un poco de yogurt con cereales y pasas de uva. Regresó a su habitación, se cambió con la típica ropa deportiva que utilizaba para correr, pero esa mañana lo hacía con un nuevo impulso, con una nueva motivación: por fin, vivir su vida. Se abrochó la campera hasta arriba, se puso sus zapatillas y se colocó los auriculares del i pod. Se dispuso a canalizar toda esa energía renovada que le invadía el cuerpo. Una mezcla de euforia y adrenalina.
Sus últimos días habían sido los más difíciles que les tocó transitar en  toda su vida. La angustia, la soledad y el estrés habían llegado al máximo tolerado por cualquier ser humano. Pero esa mañana, ya liberada, por fin comenzaría a vivir la vida a su manera.
Su rutina diaria de ejercicio consistía en correr 5 kilómetros hasta una plaza cercana a su domicilio, realizar allí algún estiramiento y regresar otros 5 kilómetros. En su trayecto de ida y de vuelta lo realizaba al costado de las vías del tren roca que conectan el sur del conurbano con la Ciudad de Buenos Aires. El paisaje la animaba a superarse, a correr cada vez más. Esa mañana sus piernas le pedían más pasos, pero ya no sería para escapar del terrible tormento que vivía, sino para acercarse cada vez más a sus sueños de victoria.
Andrea hasta hacía solo unos días vivía con su esposo. Cada noche durante los últimos cinco años, él regresaba ebrio. Cada noche, esa mujer debía soportar los insultos y las exigencias de un hombre que ya no la amaba. En otro tiempo ella hubiera dado cualquier cosa por él, por estar a su lado, por hacerlo feliz. Pero esos recuerdos habían quedado ya muy lejos, en un pasado borroso y distorsionado. Nunca supo bien que sucedo, ni que hizo mal, para que aquel hombre de sus sueños, finalmente llegara a convertirse en el villano más despreciable de todas sus pesadillas. Quizás el cambio fue tan lento que ella no lo notó a tiempo, o se terminó acostumbrando. Quizás debía haber despertado en el momento en que él le dejó por primera vez un ojo negro a causa de no atender a sus constantes demandas. No debió justificarlo durante tanto tiempo. Pero en su corazón Andrea todavía tenía la esperanza de recuperar al dulce joven del que hacia un tiempo largo se había enamorado.
Roberto, su esposo, prácticamente no la dejaba salir de su casa. La había hecho renunciar a su trabajo para que no tuviera que pasar tiempo con otras personas más que con él. No la dejaba correr, se enojaba muchísimo cuando salía sola a realizar sus rutinas. Pero era algo que ella necesitaba con locura, su cuerpo se lo pedía, sus piernas necesitaban correr, querían huir.
Cansada de tanto maltrato, decidió terminar con su vida. No soportaría un día más a su lado. Su cuerpo no recibiría ni un golpe más, ni un insulto más. Tenía su plan estudiado. Pero las cosas esa tarde no resultaron del todo como ella lo había planeado.
Roberto llegó demasiado temprano del trabajo. Ella le preparó la cena bajo sus órdenes sin ni siquiera abrir la boca. Un odio desesperante comenzó a surgir de su cuerpo. Los gritos de ese hombre le perforaban el cerebro. No quería escucharlo ni un segundo más de su vida. Andrea tenía que parar eso de una buena vez. Le sirvió la comida con toda la serenidad de siempre, sabiendo que aquella sería la última vez que lo haría. Le abrió una botella de vino que le duró 10 minutos, luego le siguieron otras tres más.
Al cabo de una hora, Roberto estaba totalmente alcoholizado, como cada noche. Andrea haciéndose la inocente, les sirvió un poco de postre, torta helada con maní. Intentando tranquilizarlo antes de que comenzará a amenazarla otra vez con golpearla.
Dejó la mesa así, con los platos sucios como estaban y subió a su habitación para descansar. Lo dejó allí solo, devorando cada centímetro de la torta helada intercalándolo con su botella de alcohol. Roberto estaba demasiado erbio como para recordar que era mortalmente alérgico a algo tan insignificante como el maní. 

Esa fue su liberación. Andrea ya no tenía a nadie que le dijera que podía hacer y qué no. Sus pasos la llevarían muy lejos, porque nadie le diría nunca más hasta donde podía llegar. 

viernes, 17 de junio de 2016

La Salvación

Era una mañana de domingo insólitamente fría, cuando el otoño comienza a solaparse con el menguante verano, papá me había despertado más temprano que de costumbre ya que todavía el sol no se animaba a salir del todo. Desayunamos rápido, casi sin palabras de por medio, y mientras mamá levantaba lo que quedaba en la mesa corrí a mi habitación para buscar algún suéter de abrigo olvidado del invierno pasado.
Cuando regrese todos estaban listos para partir, no pregunte donde, de todas formas nadie me lo iba a decir. En casa ya casi nadie se dirige la palabra. Desde que mi hermano esta en rehabilitación todo cambio totalmente, mamá llora muchas veces escondida en su cuarto, mientras que a papá lo veo cada vez menos y cuando llega a casa esta de mal humor y oliendo extraño, yo intento estudiar lo más que puedo para ver si de esa forma puedo volver a encontrar las sonrisas que se perdieron en casa, pero creo que no es suficiente.
Por lo que esa mañana tan atípica, supuse que llevaríamos a mi hermano otra vez a la clínica para sus evaluaciones, o algo así. El tráfico estaba totalmente liviano, y me dormite en el camino, hasta que el frenazo y los gritos de papa me despertaron. Lo último que recuerdo de esa mañana es una luz muy fuerte seguida de un ruido impactante, inexplicable como a vidrio estallando en mi cabeza.
Cuando por fin puede abrir los ojos, me sentía liviana como el viento, no sabía dónde me encontraba y aunque no podía creerlo ya no tenía miedo. Era un lugar muy claro e iluminado, pero sobre todo con mucha paz. Comencé a caminar por lo que parecía ser un sendero, hasta llegar a un gran portón dorado. Del otro lado me esperaba un hombre mayor, parecido a mi abuelo, él apenas me vio, me sonrió de una forma muy familiar. - Hola Ana, Bienvenida-.
Hasta ese momento no me había dado cuenta de que estaba totalmente sola, en ese lugar completamente desconocido, y con ese hombre, al que nunca había visto y sabía mi nombre. Seguramente ese torbellino de adrenalina y emociones se habría reflejado en mi rostro ya que el hombre se adelanto de su puesto de vigilancia para acercarse a tranquilizarme.
-Ana no te preocupes, aquí estarás completamente a salvo. Estas son las puertas del paraíso eterno. Te estábamos esperando- Justo en ese momento veo a mis padres y a mi hermano parados frente al gran portón dorado. Corro para abrazarlos y ellos me cubren de besos y lagrimas.
- Hijos míos – nos dice el hombre de la entrada - Debo ser honesto con ustedes, todos los humanos deben pasar por el purgatorio para limpiar los pecados de sus vidas en la tierra, este proceso puede durar en algunos casos casi una eternidad, dependiendo del grado de arrepentimiento que tengan y del tipo y numero de pecados de cada uno. Pero en este caso por tratarse de un ser tan puro como es Ana sin casi ningún pecado que cargar en sus espaldas, el Supremo Hacedor nos ha otorgado un permiso especial esta vez. Todos juntos como familia que son, podrán pasar a disfrutar plenamente del reino de los Cielos sin importar las faltas cometidas sean cual sean, pero es una decisión personal que cada uno debe tomar. Pueden ingresar todos juntos como familia a vivir la presencia divina de Dios, o regresar a la tierra para enmendar y corregir sus errores, y llegada la hora pasaran debidamente por la instancia del purgatorio. La única condición para ingresar es que los 4 decidan voluntariamente hacerlo y sin consultarse entre ustedes, en caso de discrepancia en sus decisiones cada uno será juzgado de forma individual.  La salvación y la vida eterna están al alcance de una simple decisión. –
Todos quedamos paralizados en un silencio casi palpable, intentando discernir las palabras que ese hombre nos acabada de decir. Sé que mi papa, mi hermano y mi mamá tienen muchas faltas y muchos pecados que cargar en sus espaldas, y llegado el caso creo que el propio egoísmo de continuar con sus aisladas vidas de excesos los llevará a volver a la tierra. Sin embargo esta es una posibilidad única de que pese al ateísmo de mi padre sea posible que Dios lo reciba en la vida eterna. ¿Debo pensar en ellos, pese a que últimamente pese a mis esfuerzos por importarles me han dejado de lado? ¿Debo ser piadosa con ellos, que han sabido ignorar mis progresos por ser mejor persona? ¿Pensarán ellos en mi, si no lo han hecho antes? La salvación y la vida eterna están al alcance de mi decisión.