Ni su mujer, ni sus hijos, sabían porque a
José le gustaban tanto esos animales peludos, desalineados y desobedientes.
Nadie entendía muy bien como fue, que poco a poco su casa termino poblada de
tantos felinos. En el patio, en la terraza, en la cocina, en las habitaciones.
Donde quiera que uno se dirigiese, dentro de ese hogar, era inevitable no encontrarse
con la corrida veloz de algún gato que huía de la compañía humana. Ya
habían perdido la cuenta de cuantos eran.
Solo José sabía que no era amor por los
gatos. De alguna manera, con ellos se sentía protegido. Alguna vez había
escuchado que los gatos tenían una habilidad particular, un don especial. Ellos
podían ver y sentir cosas que los sentidos humanos no percibían. José
necesitaba creer que no se había vuelto loco, que alguien entendía lo que
le estaba pasando, que entendía lo que estaba viviendo. Sus gatos lo ayudaban a
mantener la cordura.
Una madrugada, él estaba intentando
mantenerse despierto para poder entregar un trabajo pactado para la mañana
siguiente. Los ojos se le cerraban, el cuerpo le pesaba y no le respondía como
debía. Y aunque eran pasadas las dos de la noche, decidió ir hacia la cocina a
hacerse un café. La noche calurosa estaba realmente hermosa para hacer
cualquier otra cosa menos trabajar.
Arrastrando sus pies descalzos, intentando
hacer el menor ruido posible ya que su esposa y sus hijos estaban dormidos,
José se dirigió a la cocina, a calentar un poco de agua para preparar el elixir
necesario para continuar con su labor.
Allí, se encontró con Musta una hermosa
gata tricolor que siempre seguía sus pasos. Solo que esta vez el cansancio le
gano a su guardia. Mientras aguardaba a que el agua se caliente, un silencio
por demás incomodo se había hecho presente. La cocina se encontraba casi
totalmente a oscuras, apenas iluminada por los destellos de luna que se colaban
por la ventana. Lo único que podía escuchar José era el rítmico sonido de latir
de su corazón, cada vez más agitado.
De repente Musta, la gata que dormía sobre
la mesada de la cocina, se despierta de golpe, como si sus sentidos se
activaran automáticamente frente al peligro. La temperatura de la habitación
había bajado drástica y súbitamente. Los bellos del cuello de José se erizaron
completamente y un escalofrío recorrió la longitud de su espalda. La felina se
puso a la defensiva, comenzó su danza de maullidos y gruñidos. José no se
atrevió a dar la vuelta para ver que había causado el disgusto de su compañera.
No estaba preparado aún para ver lo que ella veía.
Él simplemente se limito a servir el agua
caliente en la taza y colocar el saquito de café instantáneo. Sin darse vuelta,
con la taza en la mano y los ojos cerrados, siguió sus pasos y salió de la
habitación dejando atrás la pelea inter dimensional de Musta. Se volvió a
sentar en su taller para continuar con su trabajo, mientras otra gata se
acomodaba en su regazo. Continúo trabajando con un esbozo de sonrisa en los
labios, sabiendo que sus gatos lo ayudaban a mantener la cordura.




