Desde el inicio de la historia de la humanidad
una lucha silenciosa se ha llevado a cabo entre bambalinas. El bien contra el
mal. Lucifer contra Dios. La batalla por el dominio de las almas de los
mortales parece no tener final mientras existan hombres sobre la tierra. Son
las almas de aquellos santos y justos las que mejor cotizan para el Príncipe de
las Tinieblas; mientras que las de los injustos y pecadores lo son para el
Señor de la Luz.
Esta historia es sobre un importante episodio
de esta guerra celestial. Se trata de una mujer en extremo bondadosa, cuya vida
rozó la santidad en cada acto. Una monja que fue tentada por el Maligno
infinita cantidad de veces a lo largo de su vida, para hacer flaquear su alma. Agnes
vivió una vida dedicada al servicio de los más pobres entre los pobres,
despojándose de todo egoísmo humano, para ponerse en el lugar de los más
necesitados y marginados de la sociedad en uno de los países más pobres de la
actualidad. Su labor fue incansable, hasta que las fuerzas de su cuerpo se lo
permitieron.
La santidad de su vida era codiciada por el
Príncipe de las Tinieblas, que ansiaba que abandone la bondad de su fe, y la
entrega desmedida. A los largo de toda su vida, Agnes sufrió las tentaciones del
Maligno. La falta de fe en los momentos de dificultad la hacían
flaquear, pero la oración, el ayuno y un rosario siempre en la mano eran las
armas que ella utilizaba en su batalla interna.
En el ocaso de sus días, luego de más de ocho
décadas de caminar sobre esta tierra, Agnes sufría de graves problemas de salud,
respiratorios y del corazón, por lo que tuvo que ser internada en uno de los
mejores hospitales de Calcuta. Y es en ese momento de su vida donde transcurre
esta historia.
Ella sentía que su Dios todopoderoso la había
abandonado, las deudas de la congregación se acumulaban, las manos generosas
que siempre la ayudaban se estaban apartando. Su propio cuerpo ya no tenía las
fuerzas necesarias para batallar contra el hambre del mundo. Se encontraba
internada, en terapia intensiva y su fe también estaba debilitándose. Sus
constantes oraciones parecían no tener respuesta. Su vida transitaba una noche
oscura. Ya no sentía la presencia de Dios en su vida, ni en la eucaristía.
Mientras Agnes estaba internada en el hospital,
padecía de noches de insomnio sin ningún tipo de explicación médica. Una de
estas noches comenzó a orar:
-¿Dónde
está mi fe? Incluso en lo más profundo... no hay nada, excepto vacío y
oscuridad. Si hay un Dios, por favor, perdóname. Y ayudame- Su dulce y cansada voz resonó en la habitación
del hospital.
-No
hay fe querida Agnes porque no hay Dios al cual elevarle ese sentimiento. le respondió una lúgubre voz de hombre, que
la pobre anciana no pudo identificar de donde provenía.
-¿Quién
eres?- susurró ella sin disimular el temor en su voz.
-
Alguien que quiere ayudarte Agnes. Alguien que quiere abrir tus ojos para que
veas la luz. – De entre las
sombras pudo apenas divisar la silueta de un hombre que lentamente se acercó a
su cama. Ella cerró los ojos llena de miedo, sintió como el hombre se reclinaba
sobre su cama y le besó los labios. Luego de eso, la voz no volvió a oírse. Pero
los tormentos de Agnes no pararon.
La anciana comentó lo ocurrido con su confesor
el Padre Henry quién le sugirió que quizás su alma estaría siendo tentada por
el Maligno. Su cuerpo y su espíritu perdían poco a poco sus fuerzas, por lo que
ella le pidió consejo al sacerdote.
-Llamaré
al Padre Scorza, el rezará contigo mañana. – le dijo su confesor.
-Gracias
Padre, Jesús tiene un fuerte amor por ti. ¿Pero por mí? Los silencios son
demasiado. Miro y no veo. Escucho y no oigo. Te pido que reces por mí. Ruégale
que me eche una mano.
Los días que siguieron la salud de Agnes
continuó empeorando. Su vida se apagaba poco a poco, junto con su fe. Una
semana después de la conversación con el Padre Henry la anciana entro en coma
por una deficiencia cardíaca de la cual parecía que no se recuperaría. Esa
noche llegó de Venecia el esperado Padre Scorza quién inmediatamente fue a ver
a la santa mujer y se dispuso a rezar por su alma.
No fue una tarea sencilla para el sacerdote
veneciano. El alma de Agnes estaba cayendo en las despiadadas manos del Maligno,
quien astuta mente la había tentado al abandono de fe en su lecho de muerte.
Scorza y el Padre Henry rezaron fervientemente
por la mujer agonizante. Pero su cuerpo ya no daba batalla. Quisieron
administrarle la santa eucaristía para que pueda finalmente morir en paz, pero
la mujer cobró fuerza que aparentemente no tenia y la escupió al otro lado de
la habitación. Una voz ronca y casi masculina salió de su cuerpo moribundo:
-No me
arrebataran el alma de esta mujer. ¡Ya es mía! ¡Me pertenece! Ya ha renegado de
su fe, su Dios la ha abandonado.
Ante la atónita mirada de los hombres de fe y
de dos enfermeros que monitoreaban sus signos vitales, la mujer comenzó a
convulsionar y contorsionar su ya debilitado cuerpo. Lanzaba improperios hacia
Dios y hacia los hombres que intentaban ayudarla.
Esta vez con mucha más convicción en las
oraciones, el Padre Scorza comenzó a recitar los versos del ritual romano para
la expulsión de malos espíritus: el exorcismo. Mientras que el confesor rociaba el cuerpo de Agnes
recitando en voz alta las plegarias del Ave María.
La batalla espiritual por el alma de Agnes no
duró más que media hora. Al cabo de ese tiempo, la agonizante mujer pudo dormir
en paz. Una semana después de los hechos antes narrados: el 5 de septiembre de
1997, Agnes falleció en la misma capa del hospital donde había luchado contra
las garras del Maligno.
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