sábado, 18 de junio de 2016

Tras sus Sueños

El sol apenas comenzaba a asomarse cuando sonó el despertador de Andrea. Esa mañana se levantó como una mujer renovada, hacía mucho tiempo que no se sentía así de viva. Desayunó rápidamente un poco de yogurt con cereales y pasas de uva. Regresó a su habitación, se cambió con la típica ropa deportiva que utilizaba para correr, pero esa mañana lo hacía con un nuevo impulso, con una nueva motivación: por fin, vivir su vida. Se abrochó la campera hasta arriba, se puso sus zapatillas y se colocó los auriculares del i pod. Se dispuso a canalizar toda esa energía renovada que le invadía el cuerpo. Una mezcla de euforia y adrenalina.
Sus últimos días habían sido los más difíciles que les tocó transitar en  toda su vida. La angustia, la soledad y el estrés habían llegado al máximo tolerado por cualquier ser humano. Pero esa mañana, ya liberada, por fin comenzaría a vivir la vida a su manera.
Su rutina diaria de ejercicio consistía en correr 5 kilómetros hasta una plaza cercana a su domicilio, realizar allí algún estiramiento y regresar otros 5 kilómetros. En su trayecto de ida y de vuelta lo realizaba al costado de las vías del tren roca que conectan el sur del conurbano con la Ciudad de Buenos Aires. El paisaje la animaba a superarse, a correr cada vez más. Esa mañana sus piernas le pedían más pasos, pero ya no sería para escapar del terrible tormento que vivía, sino para acercarse cada vez más a sus sueños de victoria.
Andrea hasta hacía solo unos días vivía con su esposo. Cada noche durante los últimos cinco años, él regresaba ebrio. Cada noche, esa mujer debía soportar los insultos y las exigencias de un hombre que ya no la amaba. En otro tiempo ella hubiera dado cualquier cosa por él, por estar a su lado, por hacerlo feliz. Pero esos recuerdos habían quedado ya muy lejos, en un pasado borroso y distorsionado. Nunca supo bien que sucedo, ni que hizo mal, para que aquel hombre de sus sueños, finalmente llegara a convertirse en el villano más despreciable de todas sus pesadillas. Quizás el cambio fue tan lento que ella no lo notó a tiempo, o se terminó acostumbrando. Quizás debía haber despertado en el momento en que él le dejó por primera vez un ojo negro a causa de no atender a sus constantes demandas. No debió justificarlo durante tanto tiempo. Pero en su corazón Andrea todavía tenía la esperanza de recuperar al dulce joven del que hacia un tiempo largo se había enamorado.
Roberto, su esposo, prácticamente no la dejaba salir de su casa. La había hecho renunciar a su trabajo para que no tuviera que pasar tiempo con otras personas más que con él. No la dejaba correr, se enojaba muchísimo cuando salía sola a realizar sus rutinas. Pero era algo que ella necesitaba con locura, su cuerpo se lo pedía, sus piernas necesitaban correr, querían huir.
Cansada de tanto maltrato, decidió terminar con su vida. No soportaría un día más a su lado. Su cuerpo no recibiría ni un golpe más, ni un insulto más. Tenía su plan estudiado. Pero las cosas esa tarde no resultaron del todo como ella lo había planeado.
Roberto llegó demasiado temprano del trabajo. Ella le preparó la cena bajo sus órdenes sin ni siquiera abrir la boca. Un odio desesperante comenzó a surgir de su cuerpo. Los gritos de ese hombre le perforaban el cerebro. No quería escucharlo ni un segundo más de su vida. Andrea tenía que parar eso de una buena vez. Le sirvió la comida con toda la serenidad de siempre, sabiendo que aquella sería la última vez que lo haría. Le abrió una botella de vino que le duró 10 minutos, luego le siguieron otras tres más.
Al cabo de una hora, Roberto estaba totalmente alcoholizado, como cada noche. Andrea haciéndose la inocente, les sirvió un poco de postre, torta helada con maní. Intentando tranquilizarlo antes de que comenzará a amenazarla otra vez con golpearla.
Dejó la mesa así, con los platos sucios como estaban y subió a su habitación para descansar. Lo dejó allí solo, devorando cada centímetro de la torta helada intercalándolo con su botella de alcohol. Roberto estaba demasiado erbio como para recordar que era mortalmente alérgico a algo tan insignificante como el maní. 

Esa fue su liberación. Andrea ya no tenía a nadie que le dijera que podía hacer y qué no. Sus pasos la llevarían muy lejos, porque nadie le diría nunca más hasta donde podía llegar. 

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