El sol apenas comenzaba a asomarse cuando sonó el despertador de Andrea.
Esa mañana se levantó como una mujer renovada, hacía mucho tiempo que no se
sentía así de viva. Desayunó rápidamente un poco de yogurt con cereales y pasas
de uva. Regresó a su habitación, se cambió con la típica ropa deportiva que
utilizaba para correr, pero esa mañana lo hacía con un nuevo impulso, con una
nueva motivación: por fin, vivir su vida. Se abrochó la campera hasta arriba,
se puso sus zapatillas y se colocó los auriculares del i pod. Se
dispuso a canalizar toda esa energía renovada que le invadía el cuerpo. Una
mezcla de euforia y adrenalina.
Sus últimos días habían sido los más difíciles que les tocó transitar
en toda su vida. La angustia, la soledad
y el estrés habían llegado al máximo tolerado por cualquier ser humano. Pero
esa mañana, ya liberada, por fin comenzaría a vivir la vida a su manera.
Su rutina diaria de ejercicio consistía en correr 5 kilómetros hasta una
plaza cercana a su domicilio, realizar allí algún estiramiento y regresar otros
5 kilómetros. En su trayecto de ida y de vuelta lo realizaba al costado de las
vías del tren roca que conectan el sur del conurbano con la Ciudad de Buenos
Aires. El paisaje la animaba a superarse, a correr cada vez más. Esa mañana sus
piernas le pedían más pasos, pero ya no sería para escapar del terrible
tormento que vivía, sino para acercarse cada vez más a sus sueños de victoria.
Andrea hasta hacía solo unos días vivía con su esposo. Cada noche
durante los últimos cinco años, él regresaba ebrio. Cada noche, esa mujer debía
soportar los insultos y las exigencias de un hombre que ya no la amaba. En otro
tiempo ella hubiera dado cualquier cosa por él, por estar a su lado, por
hacerlo feliz. Pero esos recuerdos habían quedado ya muy lejos, en un pasado borroso
y distorsionado. Nunca supo bien que sucedo, ni que hizo mal, para que aquel hombre
de sus sueños, finalmente llegara a convertirse en el villano más despreciable
de todas sus pesadillas. Quizás el cambio fue tan lento que ella no lo notó a
tiempo, o se terminó acostumbrando. Quizás debía haber despertado en el momento
en que él le dejó por primera vez un ojo negro a causa de no atender a sus
constantes demandas. No debió justificarlo durante tanto tiempo. Pero en su
corazón Andrea todavía tenía la esperanza de recuperar al dulce joven del que
hacia un tiempo largo se había enamorado.
Roberto, su esposo, prácticamente no la dejaba salir de su casa. La
había hecho renunciar a su trabajo para que no tuviera que pasar tiempo con
otras personas más que con él. No la dejaba correr, se enojaba muchísimo cuando
salía sola a realizar sus rutinas. Pero era algo que ella necesitaba con
locura, su cuerpo se lo pedía, sus piernas necesitaban correr, querían huir.
Cansada de tanto maltrato, decidió terminar con su vida. No soportaría
un día más a su lado. Su cuerpo no recibiría ni un golpe más, ni un insulto
más. Tenía su plan estudiado. Pero las cosas esa tarde no resultaron del todo
como ella lo había planeado.
Roberto llegó demasiado temprano del trabajo. Ella le preparó la cena
bajo sus órdenes sin ni siquiera abrir la boca. Un odio desesperante comenzó a
surgir de su cuerpo. Los gritos de ese hombre le perforaban el cerebro. No
quería escucharlo ni un segundo más de su vida. Andrea tenía que parar eso de
una buena vez. Le sirvió la comida con toda la serenidad de siempre, sabiendo
que aquella sería la última vez que lo haría. Le abrió una botella de vino que
le duró 10 minutos, luego le siguieron otras tres más.
Al cabo de una hora, Roberto estaba totalmente alcoholizado, como cada
noche. Andrea haciéndose la inocente, les sirvió un poco de postre, torta
helada con maní. Intentando tranquilizarlo antes de que comenzará a amenazarla otra
vez con golpearla.
Dejó la mesa así, con los platos sucios como estaban y subió a su
habitación para descansar. Lo dejó allí solo, devorando cada centímetro de la
torta helada intercalándolo con su botella de alcohol. Roberto estaba demasiado
erbio como para recordar que era mortalmente alérgico a algo tan insignificante
como el maní.
Esa fue su liberación. Andrea ya no tenía a nadie que le dijera que
podía hacer y qué no. Sus pasos la llevarían muy lejos, porque nadie le diría
nunca más hasta donde podía llegar.
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