domingo, 19 de junio de 2016

El espejo

Luego de dos días de trasladar muebles y cajas por fin me declare oficialmente “la nueva inquilina”. Era un mono ambiente reciclado en un tercer piso, de un viejo edificio sin ascensor, en el bullicioso barrio de Once en la Ciudad de Buenos Aires.
Los últimos días habían sido un total caos. Tener que subir por las escaleras toda esa cantidad de muebles, cajas y bolsas, había sido una tarea sumamente estresante. Mi hermano mayor me ayudó en semejante evento. Que la hermanita menor vuele del nido era una situación un tanto traumante para él y para mi mamá. Pero en algún momento debía suceder.
Cuando por fin todo estaba dentro del departamento, comenzaba la tarea de acomodar y disfrutar del confort de mi hogar.
Luego de cenar unas empanadas compradas en una pizzería cerca de Plaza Miserere me dispuse a dormir, por primera vez, en mi nuevo refugio. Debo admitir que entre la ansiedad y la falta de costumbre me costó bastante dormir. Los ruidos extraños, los nuevos olores, no me dejaban tranquila.

Cuando desperté, muy temprano por la mañana, tenía un increíble dolor de cabeza. Sentía que no había descansado absolutamente nada. Pero no podía darme el lujo de quedarme en la cama, el día era largo y tenía muchas cosas por hacer. Desayuné una humeante taza de café y unas tostadas improvisadas en la hornalla. Era difícil encontrar las cosas que necesitaba en ese caos en miniatura. “Amigate con el caos” me decía a mí misma.
Comencé a acomodar algunas cajas ya vacías y una pila de libros. Pero hubo un momento en la organización del desastre que no lo puedo olvidar. Encontré un pequeño espejo apoyado en una esquina de la cocina. Era pequeño, debía tener el tamaño de un cuaderno escolar. No recordaba haber traído conmigo ese singular objeto. Por el marco metálico que tenía me daba a entender que era muy antiguo y, a la vez, muy pesado para su insignificante magnitud. No le di mucha importancia al hecho, quizás fue algún regalo que mi hermano me trajo y se olvidó de mencionar o sería del antiguo inquilino que habría extraviado en su mudanza. 
Los días siguientes pasaron entre la organización de los libros, el acomodar muebles, los llamados de mamá, y  yo intentando habituarme a mi nuevo hogar. El caos, por suerte, iba disminuyendo, no se veía tan desorganizado el departamento, cada cosa comenzaba a encontrar su lugar. Aquel espejo que en los primeros días había encontrado entre las cajas, también tuvo su lugar como los libros y los muebles. Ahora colgaba en la pared, por encima de una mesita que cumple la función ideal de ser mi escritorio. Todo parecía normalizarse… Parecía. 

Un viernes en la noche, después de una larga jornada laboral fui con mis compañeras de trabajo a cenar. Creo que tome más cervezas de las mi cuerpo podía tolerar. Cuando entre, prendí solo el velador de la mesita de mi espejo, porque la luz hacía que se me partiera la cabeza. Cuando me incorporo casi de un sobresalto y mi rostro queda reflejado en ese espejo, sentí como si mi corazón se detuviera en un instante. Mi imagen que el espejo devolvía  me estaba sonriendo, pero no era mi sonrisa. Era horrible, escalofriante y totalmente tenebrosa. Mis ojos se veían diferentes, totalmente negros, llenos de odio y de ira. Era mi rostro, pero yo no era el reflejo del aquel espejo. 
Me asuste tanto que mis gritos quedaron ahogados en mi garganta. Tape el espejo con la remera que tenía puesta. Intente dormirme, pero mi corazón hacia demasiado ruido en mi pecho, el pánico se apoderaba de mí. Hasta podía escuchar el aire helado entrado y saliendo de mis pulmones. Estaba aterrada, tapada como un niño por temor a la oscuridad.


No sé cuánto tiempo tarde en dormirme esa noche, pero finalmente lo hice. Me desperté totalmente sobresaltada cuando la noche todavía reinaba en la ciudad. El ruido a golpes en el vidrio me saco totalmente del sueño, creí que venían de la ventana. Me incorpore en la cama, y el pánico se apodero de mi cuerpo. El ruido, esos golpes estruendosos provenían del espejo tapado con mi remera. 

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