Luego de dos días de trasladar muebles y cajas por
fin me declare oficialmente “la nueva inquilina”. Era un mono ambiente
reciclado en un tercer piso, de un viejo edificio sin ascensor, en el
bullicioso barrio de Once en la Ciudad de Buenos Aires.
Los últimos días habían sido un total caos. Tener
que subir por las escaleras toda esa cantidad de muebles, cajas y bolsas, había
sido una tarea sumamente estresante. Mi hermano mayor me ayudó en semejante
evento. Que la hermanita menor vuele del nido era una situación un tanto
traumante para él y para mi mamá. Pero en algún momento debía suceder.
Cuando por fin todo estaba dentro del departamento,
comenzaba la tarea de acomodar y disfrutar del confort de mi hogar.
Luego de cenar unas empanadas compradas en una
pizzería cerca de Plaza Miserere me dispuse a dormir, por primera vez, en mi
nuevo refugio. Debo admitir que entre la ansiedad y la falta de costumbre me
costó bastante dormir. Los ruidos extraños, los nuevos olores, no me dejaban
tranquila.
Cuando desperté, muy temprano por la mañana, tenía
un increíble dolor de cabeza. Sentía que no había descansado absolutamente
nada. Pero no podía darme el lujo de quedarme en la cama, el día era largo y
tenía muchas cosas por hacer. Desayuné una humeante taza de café y unas
tostadas improvisadas en la hornalla. Era difícil encontrar las cosas que
necesitaba en ese caos en miniatura. “Amigate con el caos” me decía a mí misma.
Comencé a acomodar algunas cajas ya vacías y una
pila de libros. Pero hubo un momento en la organización del desastre que no lo
puedo olvidar. Encontré un pequeño espejo apoyado en una esquina de la cocina.
Era pequeño, debía tener el tamaño de un cuaderno escolar. No recordaba haber
traído conmigo ese singular objeto. Por el marco metálico que tenía me daba a
entender que era muy antiguo y, a la vez, muy pesado para su insignificante
magnitud. No le di mucha importancia al hecho, quizás fue algún regalo que
mi hermano me trajo y se olvidó de mencionar o sería del antiguo inquilino que
habría extraviado en su mudanza.
Los días siguientes pasaron entre la organización
de los libros, el acomodar muebles, los llamados de mamá, y yo intentando habituarme a mi nuevo hogar. El
caos, por suerte, iba disminuyendo, no se veía tan desorganizado el
departamento, cada cosa comenzaba a encontrar su lugar. Aquel espejo que en los
primeros días había encontrado entre las cajas, también tuvo su lugar como los
libros y los muebles. Ahora colgaba en la pared, por encima de una mesita que
cumple la función ideal de ser mi escritorio. Todo parecía normalizarse…
Parecía.
Un viernes en la noche, después de una larga
jornada laboral fui con mis compañeras de trabajo a cenar. Creo que tome más
cervezas de las mi cuerpo podía tolerar. Cuando entre, prendí solo el velador
de la mesita de mi espejo, porque la luz hacía que se me partiera la
cabeza. Cuando me incorporo casi de un sobresalto y mi rostro queda reflejado
en ese espejo, sentí como si mi corazón se detuviera en un instante. Mi imagen
que el espejo devolvía me estaba
sonriendo, pero no era mi sonrisa. Era horrible, escalofriante y totalmente
tenebrosa. Mis ojos se veían diferentes, totalmente negros, llenos de odio y de
ira. Era mi rostro, pero yo no era el reflejo del aquel espejo.
Me asuste tanto que mis gritos quedaron ahogados en
mi garganta. Tape el espejo con la remera que tenía puesta. Intente
dormirme, pero mi corazón hacia demasiado ruido en mi pecho, el pánico se
apoderaba de mí. Hasta podía escuchar el aire helado entrado y saliendo de mis
pulmones. Estaba aterrada, tapada como un niño por temor a la oscuridad.
No sé cuánto tiempo tarde en dormirme esa noche,
pero finalmente lo hice. Me desperté totalmente sobresaltada cuando la noche todavía
reinaba en la ciudad. El ruido a golpes en el vidrio me saco totalmente del
sueño, creí que venían de la ventana. Me incorpore en la cama, y el pánico
se apodero de mi cuerpo. El ruido, esos golpes estruendosos provenían del
espejo tapado con mi remera.
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