jueves, 23 de junio de 2016

La noche Oscura de Agnes

Desde el inicio de la historia de la humanidad una lucha silenciosa se ha llevado a cabo entre bambalinas. El bien contra el mal. Lucifer contra Dios. La batalla por el dominio de las almas de los mortales parece no tener final mientras existan hombres sobre la tierra. Son las almas de aquellos santos y justos las que mejor cotizan para el Príncipe de las Tinieblas; mientras que las de los injustos y pecadores lo son para el Señor de la Luz.
Esta historia es sobre un importante episodio de esta guerra celestial. Se trata de una mujer en extremo bondadosa, cuya vida rozó la santidad en cada acto. Una monja que fue tentada por el Maligno infinita cantidad de veces a lo largo de su vida, para hacer flaquear su alma. Agnes vivió una vida dedicada al servicio de los más pobres entre los pobres, despojándose de todo egoísmo humano, para ponerse en el lugar de los más necesitados y marginados de la sociedad en uno de los países más pobres de la actualidad. Su labor fue incansable, hasta que las fuerzas de su cuerpo se lo permitieron.
La santidad de su vida era codiciada por el Príncipe de las Tinieblas, que ansiaba que abandone la bondad de su fe, y la entrega desmedida. A los largo de toda su vida, Agnes sufrió las tentaciones del Maligno. La falta de fe en los momentos de dificultad la hacían flaquear, pero la oración, el ayuno y un rosario siempre en la mano eran las armas que ella utilizaba en su batalla interna.
En el ocaso de sus días, luego de más de ocho décadas de caminar sobre esta tierra, Agnes sufría de graves problemas de salud, respiratorios y del corazón, por lo que tuvo que ser internada en uno de los mejores hospitales de Calcuta. Y es en ese momento de su vida donde transcurre esta historia.

Ella sentía que su Dios todopoderoso la había abandonado, las deudas de la congregación se acumulaban, las manos generosas que siempre la ayudaban se estaban apartando. Su propio cuerpo ya no tenía las fuerzas necesarias para batallar contra el hambre del mundo. Se encontraba internada, en terapia intensiva y su fe también estaba debilitándose. Sus constantes oraciones parecían no tener respuesta. Su vida transitaba una noche oscura. Ya no sentía la presencia de Dios en su vida, ni en la eucaristía.
Mientras Agnes estaba internada en el hospital, padecía de noches de insomnio sin ningún tipo de explicación médica. Una de estas noches comenzó a orar:
-¿Dónde está mi fe? Incluso en lo más profundo... no hay nada, excepto vacío y oscuridad. Si hay un Dios, por favor, perdóname. Y ayudame- Su dulce y cansada voz resonó en la habitación del hospital.
-No hay fe querida Agnes porque no hay Dios al cual elevarle ese sentimiento. le respondió una lúgubre voz de hombre, que la pobre anciana no pudo identificar de donde provenía.
-¿Quién eres?- susurró ella sin disimular el temor en su voz.
- Alguien que quiere ayudarte Agnes. Alguien que quiere abrir tus ojos para que veas la luz. – De entre las sombras pudo apenas divisar la silueta de un hombre que lentamente se acercó a su cama. Ella cerró los ojos llena de miedo, sintió como el hombre se reclinaba sobre su cama y le besó los labios. Luego de eso, la voz no volvió a oírse. Pero los tormentos de Agnes no pararon.
La anciana comentó lo ocurrido con su confesor el Padre Henry quién le sugirió que quizás su alma estaría siendo tentada por el Maligno. Su cuerpo y su espíritu perdían poco a poco sus fuerzas, por lo que ella le pidió consejo al sacerdote.
-Llamaré al Padre Scorza, el rezará contigo mañana. – le dijo su confesor.
-Gracias Padre, Jesús tiene un fuerte amor por ti. ¿Pero por mí? Los silencios son demasiado. Miro y no veo. Escucho y no oigo. Te pido que reces por mí. Ruégale que me eche una mano.
Los días que siguieron la salud de Agnes continuó empeorando. Su vida se apagaba poco a poco, junto con su fe. Una semana después de la conversación con el Padre Henry la anciana entro en coma por una deficiencia cardíaca de la cual parecía que no se recuperaría. Esa noche llegó de Venecia el esperado Padre Scorza quién inmediatamente fue a ver a la santa mujer y se dispuso a rezar por su alma.
No fue una tarea sencilla para el sacerdote veneciano. El alma de Agnes estaba cayendo en las despiadadas manos del Maligno, quien astuta mente la había tentado al abandono de fe en su lecho de muerte.
Scorza y el Padre Henry rezaron fervientemente por la mujer agonizante. Pero su cuerpo ya no daba batalla. Quisieron administrarle la santa eucaristía para que pueda finalmente morir en paz, pero la mujer cobró fuerza que aparentemente no tenia y la escupió al otro lado de la habitación. Una voz ronca y casi masculina salió de su cuerpo moribundo:
-No me arrebataran el alma de esta mujer. ¡Ya es mía! ¡Me pertenece! Ya ha renegado de su fe, su Dios la ha abandonado.
Ante la atónita mirada de los hombres de fe y de dos enfermeros que monitoreaban sus signos vitales, la mujer comenzó a convulsionar y contorsionar su ya debilitado cuerpo. Lanzaba improperios hacia Dios y hacia los hombres que intentaban ayudarla.
Esta vez con mucha más convicción en las oraciones, el Padre Scorza comenzó a recitar los versos del ritual romano para la expulsión de malos espíritus: el exorcismo. Mientras  que el confesor rociaba el cuerpo de Agnes recitando en voz alta las plegarias del Ave María.

La batalla espiritual por el alma de Agnes no duró más que media hora. Al cabo de ese tiempo, la agonizante mujer pudo dormir en paz. Una semana después de los hechos antes narrados: el 5 de septiembre de 1997, Agnes falleció en la misma capa del hospital donde había luchado contra las garras del Maligno. 

lunes, 20 de junio de 2016

No pierdas la fe.

 - ¡Nunca! Jámas! – espeta la joven. La voz ronca, raposa, llena de odio que sale de su interior, podría dejar la sangre helada a cualquiera.
La madre intenta no salir corriendo, sostiene con fuerza en sus manos temblorosas un rosario traído del vaticano. No deja de rezar, pide que la Virgen María vuelva a hacerse presente. No pierde las esperanzas, pero sobre todo no doblega su fe.  Sabe que todavía hay posibilidades de liberar a su hija de las garras de esa bestia, o seas bestias, todavía no lo saben con exactitud cuántos y quiénes son.
Dos sacerdotes, el padre y el hermano de la jovencita completan la escalofriante escena. No se van a dar por vencidos.
-¡NOOOOOOOO! ¡NO TE LO DIRE!! – vuelve a gritar la niña, mientras comienza a intimidarlos con una perturbadora risa totalmente tétrica. - ¡Necesitarán alguien con más autoridad para que abra mi boca! ¡Ilusos! Ni el estúpido lacayo de San Miguel ha escuchado aún sus suplicas. ¡ILUSOOOOS! ¡Falta mucho para que nos marchemos!!

El Sacerdote Esteban sabe que hoy ha ganado esta batalla. Es consciente que debe estar totalmente atento y alerta a cada palabra que salga de la boca de la Clarita. Poco a poco irán dando con las pistas concretas. Es hora de ponerse a trabajar, porque este exorcismo es para lo que se preparo toda su vida, una batalla espiritual sin precedentes. Cara a cara con el mal, y la vida de esa niña está en peligro.


QUERES SABER COMO CONTINUA ESTA HISTORIA?? DEJA TU COMENTARIO Y COMPARTÍ ESTA ENTRADA.... Que pasará con el Padre Esteban? y con la pobre Clarita ??? 



domingo, 19 de junio de 2016

El espejo

Luego de dos días de trasladar muebles y cajas por fin me declare oficialmente “la nueva inquilina”. Era un mono ambiente reciclado en un tercer piso, de un viejo edificio sin ascensor, en el bullicioso barrio de Once en la Ciudad de Buenos Aires.
Los últimos días habían sido un total caos. Tener que subir por las escaleras toda esa cantidad de muebles, cajas y bolsas, había sido una tarea sumamente estresante. Mi hermano mayor me ayudó en semejante evento. Que la hermanita menor vuele del nido era una situación un tanto traumante para él y para mi mamá. Pero en algún momento debía suceder.
Cuando por fin todo estaba dentro del departamento, comenzaba la tarea de acomodar y disfrutar del confort de mi hogar.
Luego de cenar unas empanadas compradas en una pizzería cerca de Plaza Miserere me dispuse a dormir, por primera vez, en mi nuevo refugio. Debo admitir que entre la ansiedad y la falta de costumbre me costó bastante dormir. Los ruidos extraños, los nuevos olores, no me dejaban tranquila.

Cuando desperté, muy temprano por la mañana, tenía un increíble dolor de cabeza. Sentía que no había descansado absolutamente nada. Pero no podía darme el lujo de quedarme en la cama, el día era largo y tenía muchas cosas por hacer. Desayuné una humeante taza de café y unas tostadas improvisadas en la hornalla. Era difícil encontrar las cosas que necesitaba en ese caos en miniatura. “Amigate con el caos” me decía a mí misma.
Comencé a acomodar algunas cajas ya vacías y una pila de libros. Pero hubo un momento en la organización del desastre que no lo puedo olvidar. Encontré un pequeño espejo apoyado en una esquina de la cocina. Era pequeño, debía tener el tamaño de un cuaderno escolar. No recordaba haber traído conmigo ese singular objeto. Por el marco metálico que tenía me daba a entender que era muy antiguo y, a la vez, muy pesado para su insignificante magnitud. No le di mucha importancia al hecho, quizás fue algún regalo que mi hermano me trajo y se olvidó de mencionar o sería del antiguo inquilino que habría extraviado en su mudanza. 
Los días siguientes pasaron entre la organización de los libros, el acomodar muebles, los llamados de mamá, y  yo intentando habituarme a mi nuevo hogar. El caos, por suerte, iba disminuyendo, no se veía tan desorganizado el departamento, cada cosa comenzaba a encontrar su lugar. Aquel espejo que en los primeros días había encontrado entre las cajas, también tuvo su lugar como los libros y los muebles. Ahora colgaba en la pared, por encima de una mesita que cumple la función ideal de ser mi escritorio. Todo parecía normalizarse… Parecía. 

Un viernes en la noche, después de una larga jornada laboral fui con mis compañeras de trabajo a cenar. Creo que tome más cervezas de las mi cuerpo podía tolerar. Cuando entre, prendí solo el velador de la mesita de mi espejo, porque la luz hacía que se me partiera la cabeza. Cuando me incorporo casi de un sobresalto y mi rostro queda reflejado en ese espejo, sentí como si mi corazón se detuviera en un instante. Mi imagen que el espejo devolvía  me estaba sonriendo, pero no era mi sonrisa. Era horrible, escalofriante y totalmente tenebrosa. Mis ojos se veían diferentes, totalmente negros, llenos de odio y de ira. Era mi rostro, pero yo no era el reflejo del aquel espejo. 
Me asuste tanto que mis gritos quedaron ahogados en mi garganta. Tape el espejo con la remera que tenía puesta. Intente dormirme, pero mi corazón hacia demasiado ruido en mi pecho, el pánico se apoderaba de mí. Hasta podía escuchar el aire helado entrado y saliendo de mis pulmones. Estaba aterrada, tapada como un niño por temor a la oscuridad.


No sé cuánto tiempo tarde en dormirme esa noche, pero finalmente lo hice. Me desperté totalmente sobresaltada cuando la noche todavía reinaba en la ciudad. El ruido a golpes en el vidrio me saco totalmente del sueño, creí que venían de la ventana. Me incorpore en la cama, y el pánico se apodero de mi cuerpo. El ruido, esos golpes estruendosos provenían del espejo tapado con mi remera. 

sábado, 18 de junio de 2016

Tras sus Sueños

El sol apenas comenzaba a asomarse cuando sonó el despertador de Andrea. Esa mañana se levantó como una mujer renovada, hacía mucho tiempo que no se sentía así de viva. Desayunó rápidamente un poco de yogurt con cereales y pasas de uva. Regresó a su habitación, se cambió con la típica ropa deportiva que utilizaba para correr, pero esa mañana lo hacía con un nuevo impulso, con una nueva motivación: por fin, vivir su vida. Se abrochó la campera hasta arriba, se puso sus zapatillas y se colocó los auriculares del i pod. Se dispuso a canalizar toda esa energía renovada que le invadía el cuerpo. Una mezcla de euforia y adrenalina.
Sus últimos días habían sido los más difíciles que les tocó transitar en  toda su vida. La angustia, la soledad y el estrés habían llegado al máximo tolerado por cualquier ser humano. Pero esa mañana, ya liberada, por fin comenzaría a vivir la vida a su manera.
Su rutina diaria de ejercicio consistía en correr 5 kilómetros hasta una plaza cercana a su domicilio, realizar allí algún estiramiento y regresar otros 5 kilómetros. En su trayecto de ida y de vuelta lo realizaba al costado de las vías del tren roca que conectan el sur del conurbano con la Ciudad de Buenos Aires. El paisaje la animaba a superarse, a correr cada vez más. Esa mañana sus piernas le pedían más pasos, pero ya no sería para escapar del terrible tormento que vivía, sino para acercarse cada vez más a sus sueños de victoria.
Andrea hasta hacía solo unos días vivía con su esposo. Cada noche durante los últimos cinco años, él regresaba ebrio. Cada noche, esa mujer debía soportar los insultos y las exigencias de un hombre que ya no la amaba. En otro tiempo ella hubiera dado cualquier cosa por él, por estar a su lado, por hacerlo feliz. Pero esos recuerdos habían quedado ya muy lejos, en un pasado borroso y distorsionado. Nunca supo bien que sucedo, ni que hizo mal, para que aquel hombre de sus sueños, finalmente llegara a convertirse en el villano más despreciable de todas sus pesadillas. Quizás el cambio fue tan lento que ella no lo notó a tiempo, o se terminó acostumbrando. Quizás debía haber despertado en el momento en que él le dejó por primera vez un ojo negro a causa de no atender a sus constantes demandas. No debió justificarlo durante tanto tiempo. Pero en su corazón Andrea todavía tenía la esperanza de recuperar al dulce joven del que hacia un tiempo largo se había enamorado.
Roberto, su esposo, prácticamente no la dejaba salir de su casa. La había hecho renunciar a su trabajo para que no tuviera que pasar tiempo con otras personas más que con él. No la dejaba correr, se enojaba muchísimo cuando salía sola a realizar sus rutinas. Pero era algo que ella necesitaba con locura, su cuerpo se lo pedía, sus piernas necesitaban correr, querían huir.
Cansada de tanto maltrato, decidió terminar con su vida. No soportaría un día más a su lado. Su cuerpo no recibiría ni un golpe más, ni un insulto más. Tenía su plan estudiado. Pero las cosas esa tarde no resultaron del todo como ella lo había planeado.
Roberto llegó demasiado temprano del trabajo. Ella le preparó la cena bajo sus órdenes sin ni siquiera abrir la boca. Un odio desesperante comenzó a surgir de su cuerpo. Los gritos de ese hombre le perforaban el cerebro. No quería escucharlo ni un segundo más de su vida. Andrea tenía que parar eso de una buena vez. Le sirvió la comida con toda la serenidad de siempre, sabiendo que aquella sería la última vez que lo haría. Le abrió una botella de vino que le duró 10 minutos, luego le siguieron otras tres más.
Al cabo de una hora, Roberto estaba totalmente alcoholizado, como cada noche. Andrea haciéndose la inocente, les sirvió un poco de postre, torta helada con maní. Intentando tranquilizarlo antes de que comenzará a amenazarla otra vez con golpearla.
Dejó la mesa así, con los platos sucios como estaban y subió a su habitación para descansar. Lo dejó allí solo, devorando cada centímetro de la torta helada intercalándolo con su botella de alcohol. Roberto estaba demasiado erbio como para recordar que era mortalmente alérgico a algo tan insignificante como el maní. 

Esa fue su liberación. Andrea ya no tenía a nadie que le dijera que podía hacer y qué no. Sus pasos la llevarían muy lejos, porque nadie le diría nunca más hasta donde podía llegar. 

viernes, 17 de junio de 2016

La Salvación

Era una mañana de domingo insólitamente fría, cuando el otoño comienza a solaparse con el menguante verano, papá me había despertado más temprano que de costumbre ya que todavía el sol no se animaba a salir del todo. Desayunamos rápido, casi sin palabras de por medio, y mientras mamá levantaba lo que quedaba en la mesa corrí a mi habitación para buscar algún suéter de abrigo olvidado del invierno pasado.
Cuando regrese todos estaban listos para partir, no pregunte donde, de todas formas nadie me lo iba a decir. En casa ya casi nadie se dirige la palabra. Desde que mi hermano esta en rehabilitación todo cambio totalmente, mamá llora muchas veces escondida en su cuarto, mientras que a papá lo veo cada vez menos y cuando llega a casa esta de mal humor y oliendo extraño, yo intento estudiar lo más que puedo para ver si de esa forma puedo volver a encontrar las sonrisas que se perdieron en casa, pero creo que no es suficiente.
Por lo que esa mañana tan atípica, supuse que llevaríamos a mi hermano otra vez a la clínica para sus evaluaciones, o algo así. El tráfico estaba totalmente liviano, y me dormite en el camino, hasta que el frenazo y los gritos de papa me despertaron. Lo último que recuerdo de esa mañana es una luz muy fuerte seguida de un ruido impactante, inexplicable como a vidrio estallando en mi cabeza.
Cuando por fin puede abrir los ojos, me sentía liviana como el viento, no sabía dónde me encontraba y aunque no podía creerlo ya no tenía miedo. Era un lugar muy claro e iluminado, pero sobre todo con mucha paz. Comencé a caminar por lo que parecía ser un sendero, hasta llegar a un gran portón dorado. Del otro lado me esperaba un hombre mayor, parecido a mi abuelo, él apenas me vio, me sonrió de una forma muy familiar. - Hola Ana, Bienvenida-.
Hasta ese momento no me había dado cuenta de que estaba totalmente sola, en ese lugar completamente desconocido, y con ese hombre, al que nunca había visto y sabía mi nombre. Seguramente ese torbellino de adrenalina y emociones se habría reflejado en mi rostro ya que el hombre se adelanto de su puesto de vigilancia para acercarse a tranquilizarme.
-Ana no te preocupes, aquí estarás completamente a salvo. Estas son las puertas del paraíso eterno. Te estábamos esperando- Justo en ese momento veo a mis padres y a mi hermano parados frente al gran portón dorado. Corro para abrazarlos y ellos me cubren de besos y lagrimas.
- Hijos míos – nos dice el hombre de la entrada - Debo ser honesto con ustedes, todos los humanos deben pasar por el purgatorio para limpiar los pecados de sus vidas en la tierra, este proceso puede durar en algunos casos casi una eternidad, dependiendo del grado de arrepentimiento que tengan y del tipo y numero de pecados de cada uno. Pero en este caso por tratarse de un ser tan puro como es Ana sin casi ningún pecado que cargar en sus espaldas, el Supremo Hacedor nos ha otorgado un permiso especial esta vez. Todos juntos como familia que son, podrán pasar a disfrutar plenamente del reino de los Cielos sin importar las faltas cometidas sean cual sean, pero es una decisión personal que cada uno debe tomar. Pueden ingresar todos juntos como familia a vivir la presencia divina de Dios, o regresar a la tierra para enmendar y corregir sus errores, y llegada la hora pasaran debidamente por la instancia del purgatorio. La única condición para ingresar es que los 4 decidan voluntariamente hacerlo y sin consultarse entre ustedes, en caso de discrepancia en sus decisiones cada uno será juzgado de forma individual.  La salvación y la vida eterna están al alcance de una simple decisión. –
Todos quedamos paralizados en un silencio casi palpable, intentando discernir las palabras que ese hombre nos acabada de decir. Sé que mi papa, mi hermano y mi mamá tienen muchas faltas y muchos pecados que cargar en sus espaldas, y llegado el caso creo que el propio egoísmo de continuar con sus aisladas vidas de excesos los llevará a volver a la tierra. Sin embargo esta es una posibilidad única de que pese al ateísmo de mi padre sea posible que Dios lo reciba en la vida eterna. ¿Debo pensar en ellos, pese a que últimamente pese a mis esfuerzos por importarles me han dejado de lado? ¿Debo ser piadosa con ellos, que han sabido ignorar mis progresos por ser mejor persona? ¿Pensarán ellos en mi, si no lo han hecho antes? La salvación y la vida eterna están al alcance de mi decisión.