La
historia del Melinda puede que sea parecida a la de cualquier otra joven
humilde de Buenos Aires que vive en situación de pobreza. Pero te aseguro que
no lo es.
Ella
tiene trece años y tres hermanos chiquitos. Todos los días, les prepara el
almuerzo con lo poco que su mamá le deja para cocinar, e improvisa alguna sopa,
o arroz con verduras. Luego los lleva a la escuela, donde con suerte pueden
almorzar otra vez algo un poco más sustancioso. No tienen ningún privilegio
pero con dignidad sobreviven cada día. A su papá no lo conoció, y el padre de
sus hermanos desapareció de sus vidas hace bastante tiempo. Hilda, su mamá,
trabaja de sol a sombra. A la mañana, a veces limpia casas de señoras que se
creen pudientes, y por la tarde noche, se rebusca juntando cartón en una
cooperativa del barrio. Ella no quiere llevarlos a Melinda y a los nenes a
trabajar, pero a fin de mes un par de manos extra aseguran un tocho donde
descansar cada día. Sus vidas no son de lo mejor pero son concientes que muchos
la están pasando peor.
El
cumpleaños de su mamá estaba pronto a llegar, 35 años. Hilda nunca se daba el
lujo de festejar su cumpleaños, ni de hacer nada especial. A lo sumo prendía
una velita y el deseo de poder darles un plato de comida todos los días a sus
hijos se repetía año tras año. Melinda sabia el esfuerzo que su madre hacía por
ellos todos los días, por eso pensó que ese año podría hacer algo especial para
ella. Compraría alitas de pollo con sus ahorros, le haría una rica comida para cuando
llegará de cartonear.
Tres días
antes de la fecha señalada, Melinda dejó a sus hermanos en el colegio, pero
ella no hizo lo mismo, esa tarde faltó. Recorrió las calles de Palermo e hizo
algo que a la luz de la luna estaba acostumbrada a hacer, revisar los
contenedores de basura para encontrar algún tesoro desechado por alguien más.
Al principio le dio mucha vergüenza hacer eso a plena luz del día, ante los
ojos inquisidores de muchas personas. Pero no lo podía hacer en otro momento, más
tarde debía cuidar a sus hermanos, mientras Hilda trabajaba.
En eso
estaba por la calle Gorriti, cuando detrás de un contenedor negro aparece como
salida de la nada una señora entrada en años. Arrastraba unas cajas desde la
puerta de una casa hacia el costado del contenedor. El susto la tomó por
sorpresa. La buena mujer le regalo una sonrisa, y volvió corriendo a la puerta
de donde había salido.
La niña
tardó unos minutos en decidirse si abrir esa caja o no. Quizás allí podría
estar el regalo ideal para su madre. La ansiedad no la dejó pensar, y permitió
que sus pequeñas y sucias manos tomasen la iniciativa. Cuando abrió por fin la
caja, sus ojos no salían del asombro.
Lo que
sus ojos encontraron fue una olla vieja, que parecía ser de hierro o algún metal
pesado. La sacó y notó que era bastante pesada. Quizás sería un objeto valioso
que más tarde su mamá podría vender. Se detuvo a observarla, y le causo cierta
gracia lo parecida que era esa olla a los calderos mágicos de las brujas de los
cuentos. Decidió guardarlo nuevamente en la caja y llevarse todo completo.
Llegó a
su casilla cuando todavía debería de estar en el colegio, pero sabía que su
mamá a esa hora estaría trabajando. Así que sacó la olla, la lavó bien, la secó
y la volvió a guardar. Escondió el regalo lo mejor que pudo, esperando ansiosa
el momento en que su madre viera la sorpresa.
El día
del cumpleaños de Hilda llegó. Su hija le insistió en que no salga a trabajar
esa noche para que pudieran cenar todos juntos. Por eso cuando los chicos regresaron
del colegio, Melinda hizo que su mamá soplara las velitas en un bizcochuelo que
ella misma había preparado. Y los hermanos le dieron el regalo.
Su mamá
se puso muy contenta, sonreía como hacía mucho tiempo no lo hacía. Ver como sus
hijos crecían tan unidos pese a que les faltaban tantas cosas le daba las
fuerzas para afrontar la vida todos los días.
Entre
todos prepararon esa cena. Los chicos pelaron las papas y las zanahorias,
Melinda ayudó a limpiar el pollo, y la cumpleañera cortó los vegetales para
preparar ese guiso en el que estrenarían la nueva olla. Todo era risas y
carcajadas en la cocina. Esa cena fue la mejor en mucho tiempo, no solo porque
fue hecha con amor sino que los pedazos de alitas de pollo que echaron a
cocinar se trasformaron en pedazos sabrosos de patas regordetas de pollo. Todo
lo que habían echado a cocinar allí se habría multiplicado. Comieron hasta que
les dolió la panza. Parecía que ese guisado era infinito, que no se terminaba. Así
se cumplió el eterno deseo de cumpleaños de Hilda: poder darles de comer todos
los días a sus hijos. En esa casa nunca volvió a faltar el pan.
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