martes, 23 de agosto de 2016

El regalo de Mamá.

La historia del Melinda puede que sea parecida a la de cualquier otra joven humilde de Buenos Aires que vive en situación de pobreza. Pero te aseguro que no lo es.
Ella tiene trece años y tres hermanos chiquitos. Todos los días, les prepara el almuerzo con lo poco que su mamá le deja para cocinar, e improvisa alguna sopa, o arroz con verduras. Luego los lleva a la escuela, donde con suerte pueden almorzar otra vez algo un poco más sustancioso. No tienen ningún privilegio pero con dignidad sobreviven cada día. A su papá no lo conoció, y el padre de sus hermanos desapareció de sus vidas hace bastante tiempo. Hilda, su mamá, trabaja de sol a sombra. A la mañana, a veces limpia casas de señoras que se creen pudientes, y por la tarde noche, se rebusca juntando cartón en una cooperativa del barrio. Ella no quiere llevarlos a Melinda y a los nenes a trabajar, pero a fin de mes un par de manos extra aseguran un tocho donde descansar cada día. Sus vidas no son de lo mejor pero son concientes que muchos la están pasando peor.
El cumpleaños de su mamá estaba pronto a llegar, 35 años. Hilda nunca se daba el lujo de festejar su cumpleaños, ni de hacer nada especial. A lo sumo prendía una velita y el deseo de poder darles un plato de comida todos los días a sus hijos se repetía año tras año. Melinda sabia el esfuerzo que su madre hacía por ellos todos los días, por eso pensó que ese año podría hacer algo especial para ella. Compraría alitas de pollo con sus ahorros, le haría una rica comida para cuando llegará de cartonear.
Tres días antes de la fecha señalada, Melinda dejó a sus hermanos en el colegio, pero ella no hizo lo mismo, esa tarde faltó. Recorrió las calles de Palermo e hizo algo que a la luz de la luna estaba acostumbrada a hacer, revisar los contenedores de basura para encontrar algún tesoro desechado por alguien más. Al principio le dio mucha vergüenza hacer eso a plena luz del día, ante los ojos inquisidores de muchas personas. Pero no lo podía hacer en otro momento, más tarde debía cuidar a sus hermanos, mientras Hilda trabajaba.
En eso estaba por la calle Gorriti, cuando detrás de un contenedor negro aparece como salida de la nada una señora entrada en años. Arrastraba unas cajas desde la puerta de una casa hacia el costado del contenedor. El susto la tomó por sorpresa. La buena mujer le regalo una sonrisa, y volvió corriendo a la puerta de donde había salido.
La niña tardó unos minutos en decidirse si abrir esa caja o no. Quizás allí podría estar el regalo ideal para su madre. La ansiedad no la dejó pensar, y permitió que sus pequeñas y sucias manos tomasen la iniciativa. Cuando abrió por fin la caja, sus ojos no salían del asombro.
Lo que sus ojos encontraron fue una olla vieja, que parecía ser de hierro o algún metal pesado. La sacó y notó que era bastante pesada. Quizás sería un objeto valioso que más tarde su mamá podría vender. Se detuvo a observarla, y le causo cierta gracia lo parecida que era esa olla a los calderos mágicos de las brujas de los cuentos. Decidió guardarlo nuevamente en la caja y llevarse todo completo.
Llegó a su casilla cuando todavía debería de estar en el colegio, pero sabía que su mamá a esa hora estaría trabajando. Así que sacó la olla, la lavó bien, la secó y la volvió a guardar. Escondió el regalo lo mejor que pudo, esperando ansiosa el momento en que su madre viera la sorpresa.
El día del cumpleaños de Hilda llegó. Su hija le insistió en que no salga a trabajar esa noche para que pudieran cenar todos juntos. Por eso cuando los chicos regresaron del colegio, Melinda hizo que su mamá soplara las velitas en un bizcochuelo que ella misma había preparado. Y los hermanos le dieron el regalo.
Su mamá se puso muy contenta, sonreía como hacía mucho tiempo no lo hacía. Ver como sus hijos crecían tan unidos pese a que les faltaban tantas cosas le daba las fuerzas para afrontar la vida todos los días.
Entre todos prepararon esa cena. Los chicos pelaron las papas y las zanahorias, Melinda ayudó a limpiar el pollo, y la cumpleañera cortó los vegetales para preparar ese guiso en el que estrenarían la nueva olla. Todo era risas y carcajadas en la cocina. Esa cena fue la mejor en mucho tiempo, no solo porque fue hecha con amor sino que los pedazos de alitas de pollo que echaron a cocinar se trasformaron en pedazos sabrosos de patas regordetas de pollo. Todo lo que habían echado a cocinar allí se habría multiplicado. Comieron hasta que les dolió la panza. Parecía que ese guisado era infinito, que no se terminaba. Así se cumplió el eterno deseo de cumpleaños de Hilda: poder darles de comer todos los días a sus hijos. En esa casa nunca volvió a faltar el pan.

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